Acabo de volver a casa. Ayer pude asistir a probablemente el mejor concierto que he disfrutado en mi vida, en Atarfe (Granada).
Al llegar a Granada me dió la bienvenida una pertinaz lluvia que presagiaba lo peor, y un descenso de las temperaturas de mas de diez grados en apenas unas horas. Partimos hacia Atarfe y nos unimos a una caravana que a juzgar por las vestimentas, las calvas y las arrugas de los viajeros, iba para el mismo sitio. El cielo se había aclarado de forma casi milagrosa y al llegar al recinto (cutre, casi tanto como los accesos) nos colocamos en posición para esperar los treinta minutos que aun faltaban para el comienzo.
Nos recibe un decorado bastante simple, o eso creíamos hasta que nos dimos cuenta de que no era tal, sino una imagen fija en una pantalla con un contraste y un brillo que pasaba perfectamente por real, especialmente cuando unos minutos antes de la hora fijada la imagen se pone en movimiento y una mano empieza a trastear con el dial una radio de los años cincuenta. Esto prometía…