Nunca he sido especialmente sociable. Huyo de las multitudes y para no sentirme incómodo necesito una mínima proporción entre conocidos y desconocidos en cualquier grupo, aunque con los años me he vuelto mas tolerante.
Evidentemente ésto no facilitaba la aceptación de mis pares en mis años mozos y temía especialmente, allá por los setenta y principios de los ochenta, las excursiones y variados viajes de fin de curso. En estas ocasiones siempre había un personaje que invariablemente atraía todas las atenciones, especialmente de las féminas, y todas las miradas asesinas, especialmente las mías. En mi adolescencia, este personaje era el guitarrero. Curioso personaje que, ya fuera a Mallorca o a la esquina a comprar tabaco (cigarrillos sueltos en aquella época, por supuesto) se llevaba consigo su guitarra. Rara vez dicho instrumento de tortura personal tenía todas sus cuerdas, aunque de poco servían para los tres o cuatro acordes que sabía el sujeto en cuestión. Dios, como odiaba al individuo y su burdo – por mas que exitoso – ritual de apareamiento.
Cual Félix Rodriguez de la Fuente, yo observaba el ritual desde mi asiento estratégicamente alejado y preveía cada fase del cortejo: Con paciencia el guitarrero esperaba el momento muerto que en todos estos viajes se da en varias ocasiones y se dejaba querer haciéndose de rogar para que tomara su instrumento (una funda ¿para qué?) y, siempre al parecer por petición popular iniciara su limitado e invariable repertorio que consistía en, salpicado de sevillanas (la tierra y la morriña es lo que tiene, aunque hubiéramos salido apenas hacía diez minutos de la ciudad), el hit parade de los guitarreros adolescentes que consistía de forma casi invariable de, y tiemblo al recordarlo, temas de Silvio Rodriguez y Pablo Milanés. El no va mas de la sofisticación se producía cuando algún guitarrero mas avezado intercalaba alguna representación patria, es decir, Aute.
Mis gustos ya estaban en otro sitio por aquella época, en When The Music is Over de The Doors, y entre la cantidad ingente de basura que se produjo (y se vendió) en la movida madrileña se podían vislumbrar algunas obras interesantes que mostraban que la música española buscaba nuevos caminos, pero el Guitarrero seguía empeñado en músicas que sólo tenían razón de ser en contextos que por supuesto él desconocía por completo.
Con frecuencia me imaginaba a Alfonsina ahogada por mis propias manos en el mar de los cojones, o corneada hasta la muerte por un unicornio azul, o variaciones igual de satisfactorias.
Me dolían los dedos de intentar tocar acordes imposibles para emular a Clapton o Alvin Lee y ahí estaba ese infame llevándoselas a todas de calle con un Do y un Re menor. Eso si, estrangulando la guitarra con una cejilla en el tercer traste desde que la compró a algún otro guitarrero ya retirado por un cartón de 1X2.
Evidentemente todo ésto puede interpretarse como una manifestación precoz de la mas profunda envidia, pero comprenderéis que rechace de plano dicha opción sin mayor detenimiento, con los años que he tardado en forjar mi ego. Prefiero pensar en que mi cultura musical ya estaba, incluso en esa temprana época, a años luz de la media, y me consuelo pensando en la escoliosis que espero el guitarrero esté sufriendo a consecuencia de sus malos hábitos de transporte mientras que a mi sólo me duelen los dedos de escribir sobre la música que hacen otros.
Se que es difícil de creer, pero de hecho pensaba escribir sobre OTRA COSA. Otro día será…
No hay artículos relacionados.
Etiquetas: aute, música, pablo milanes, silvio rodriguez