Retomo esta serie para recordar esta gran introducción que no suele normalmente considerarse como tal.
1964 marca un año de inflexión en la historia de los Beatles. No voy a entrar en detalles porque no es el propósito de esta serie y el material publicado al respecto es ingente. Basten unas pinceladas:
Como solía ser habitual en la época con todos los artistas de éxito a los Beatles se les ofreció hacer una película, pero la cosa se alargó porque de ningún modo querían hacer una al estilo de The Young Ones (1961), con Cliff Richard. Solo decidieron dar el paso cuando el proyecto fue asignado a Richard Lester, lo cual fue arriesgado porque cuando se rodó la película la fama de los Beatles era limitada fuera del Reino Unido y solo explotó tras su aparición en el show de Ed Sullivan en la CBS, cosa que ocurrió entre el rodaje y el estreno de la película.
Me gusta esta introducción porque sienta perfectamente las bases de lo que vamos a ver a continuación con el estilo cuasi documental y desenfadado de Lester. A pesar de que la palabra “Beatles” no se menciona en todo el metraje los fans que aparecen sí que son reales, así como la caida de Harrison al principio y las carcajadas de los demás, y que Lester decidió mantener.
Y, por supuesto, la música. Curiosamente, pocos recuerdan que el productor de la banda sonora, George Martin, fue nominado al Oscar de ese año a la mejor banda sonora, pero no los Beatles, a pesar de que por primera vez Lennon-McCartney firmaban todas las canciones del disco. Y ese primer acorde de Harrison con su Rickenbacker de 12 cuerdas…
En los sesenta dos coreógrafos dominaban Broadway. Su rivalidad alcanzaba niveles de simple enemistad. EranBob Fosse y Jerome Robbins. Ambos habían dado la vuelta a la danza contemporánea y se vigilaban de reojo para ver qué se inventaba el otro.
El mayor éxito de Robbins fue sin duda la adaptación musical de Romeo y Julieta llamada West Side Story. Su apoteósico éxito hizo que fuera cuestión de tiempo que se preparara la versión cinematográfica pero Robbins no tuvo la confianza de la productora United Artists que sí había obtenido Fosse, y se terminó llegando a una solución de compromiso: Robbins dirigiría las escenas musicales exclusivamente y Robert Wise todas las demás. Ambos aparecerían como directores en los créditos.
Pero Robbins pagó la novatada y quizá para dejar su impronta en la parte que le tocaba y quizá también por su bisoñez en el mundo del cine se concentró tanto en sus escenas que provocó que los plazos de producción y el presupuesto inicial se dispararan. A pesar de los avisos siguió alargando durante semanas el rodaje buscando la perfección absoluta rodando una y otra vez los números y provocando lesiones y mal ambiente entre los bailarines. Al final la productora no aguantó mas y despidieron a Robbins de forma fulminante antes de acabar su trabajo, por lo que Wise se hizo cargo del resto y de la post-producción. Wise, que era un hábil artesano del cine desde hacía mucho tiempo, apreció el trabajo que había dejado Robbins e insistió en que se respetara el acuerdo inicial por lo que ambos siguen apareciendo como directores.
Esta escena de West Side Story, Cool, es una de las que Robbins dirigió y mi preferida de la película. Wise fue lo suficientemente listo (valga la redundancia) como para cambiar la situación de la escena respecto a la obra teatral en el montaje final. Todo en esta escena es impresionante, desde la partitura de Leonard Bernstein a la coreografía ejecutada con una perfección milimétrica por los bailarines, al rodaje en un garaje con un techo increiblemente bajo, el uso de los faros de los coches estacionados o el travelling del minuto 3:25. Es una pena que el mejor video que he encontrado no respete el formato panorámico original pero es lo que hay. Para los que no conozcan la historia la escena se inicia cuando una banda callejera se reúne después de haber sufrido una baja a manos de otra rival…
En 1931 Fred Astaire, junto a su hermana y entonces pareja artística Adele, estrenó en Broadway una obra llamada The Band Wagon. Poco después pasaría al cine y se convertiría en estrella, pero a mediados de los 50 su carrera se había estancado, o al menos éso creía él. Habían llegado nuevos bailarines con nuevas y revolucionarias coreografías y formas de entender el baile, y él parecía haberse convertido en una vieja gloria.
Por eso quiso interpretar el guión que le presentaron Arthur Freed y Betty Comden acerca de una estrella de baile que había conocido tiempos mejores. Pagaron una pequeña fortuna para adquirir los derechos de The Band Wagon para acabar cambiando la historia completamente y dejar sólo el título y tres números musicales del original. En España ni siquiera éso porque el título se cambió por Melodías de Broadway 1955.
Dancing In The Dark era una de las canciones que se mantuvieron. Su pareja de baile fue Cyd Charisse que interpreta a una estrella de la danza clásica con la que tiene que trabajar Astaire a regañadientes, obligado por el productor. Sus distintos conceptos del baile da pie a varias de las mejores escenas de la película, y la mezcla entre sus vidas reales y los personajes que interpretan son bastante autobiográficos, incluyendo por ejemplo los problemas que tiene Astaire para bailar con alguien tan alto como Charysse. Observad en la escena que ella no lleva tacones, cosa poco habitual en la época, para estar “a la altura” de Astaire.
Es ésta a mi gusto una de las mejores escenas de la historia del cine. No solo por la maravillosa partitura de Arthur Schwartz sino por la increible perfección de todos y cada uno de los movimientos que ejecutan de forma natural los bailarines. La cámara se limita a alejarse y no estorbar, como temerosa de romper el momento mágico que se estaba produciendo frente a su objetivo. Me emociona especialmente como inician el baile, de forma sutil e independiente, y como acaba en el carruaje, y como Astaire domina de forma magistral los contrapesos para poder interactuar con alguien de la altura y peso de Charysse.